¡ ¡ ¡ H O L A ! ! !

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viernes, 25 de enero de 2013

SAN MARTIN 2012




Agradecemos a Charo que nos haya dejado las fotos.

29 comentarios:

Anónimo dijo...

Bonito video de la Fiesta de S. Martín, reitero mi agradecimiento a Chopo8 por acercarnos un poco más al pueblo.

Por otro lado, comentar que en los últimos comentarios en inglés, se ha colado uno anunciando viagra online. Queda a vuestro criterio si debéis borrarlo o debe permanecer en este blog. Mi opinión es que aquí no pinta nada.

Anónimo dijo...

Hace años se hacía la Fiesta de la Estación, creo que en febrero; ahora se ha recuperado san Martín, patrono del pueblo. Me agrada este vídeo y la idea del hermanamiento..!.

Anónimo dijo...

la viagra no es el anticristo

Anónimo dijo...

A mucho me atreví yo
Montoro es más listo que las abejas. Es capaz de hablar sin que se sepa qué dice
JUAN CRUZ 27 ENE 2013 -
Una copla canaria dice eso: “A mucho me atreví yo...”; es la historia de un hombre que quiere comunicar con el otro, pero el otro no oye ni escucha porque no sabe hablar. La réplica del desdeñoso es del mismo cariz: el otro tampoco presta atención. Ni sabe hablar, dice “jablar con jota” cuando ya se sabe “que es con jache”.

Hablar (como jablar) requiere sabiduría y sosiego, respeto mutuo, esas antiguallas. Es preciso, también, estar dispuesto a entender que quien dialoga contigo tiene parte de razón, que no desprecia tus argumentos, que cree que, como él, tú también tienes algo de razón. Que sabes que jablarse puede decir con jota, pero es evidente que sabes que se escribe con jache.

En eso ensé cuando asistí, ante el televisor, a la lección de método Olendorf que se desarrolló en la sala Constitucional del Parlamento entre el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, y los distintos portavoces de los partidos políticos, incluido el suyo, que querían saber qué había pasado con el extesorero del Partido Popular Luis Bárcenas y sus cuentas en Suiza.

Como esas cuentas, de origen aún misterioso, habían estado sujetas en algún momento y en alguna cantidad a descuentos y otros afloramientos fiscales, los diputados (como la opinión pública en general) tenían interés por conocer detalles relacionados con este montón de dinero.

Así que fueron al Parlamento los representantes del público a querer conocer de lo que hablara el ministro todo lo que este supiera. Pues él es quien más sabe, ya que tiene la llave de los nombres de la caja, la oculta y la evidente. Pero es bien sabido que el ministro Montoro es más listo que las abejas y puede sembrar macguffins a lo largo de su discurso de tal manera que al cabo de su relato nadie sepa qué quiso decir realmente, si es que realmente quiso decir algo.

Tanto el presidente de la comisión parlamentaria, Gabriel Elorriaga, como los medios de comunicación insistieron en llamar debate a ese intercambio, y realmente nadie podría aplicar al encuentro (este jablar de los jablantes, empezando por el propio Montoro) la noble definición de los debates. Fue, más bien, una habladuría, o jabladuría, de la que todos salimos sintiendo que en algo habíamos ofendido (los que le preguntaban y los que queríamos saber desde nuestra casa) al ministro de Hacienda. No le gustaron las preguntas, lo hizo explícito, y algunas (que tenían mala leche, cierto) las despachó con una dosis aún mayor de mala uva. “¿Se entera, señoría?”. ¿Se entera o no se entera, señoría? En algún momento dijo que es verdad, que la gente no escucha porque no quiere cambiar, a partir del diálogo, su propia posición, pero sería interesante recordarle al servidor público que eso se arregla contando todo lo que se sabe incluso antes de que se lo pregunten.

Y no contó, o contó poco. Puso caras cuando le replicaban los que no son de su partido, y puso buena cara, una cara bien complaciente, de agrado, cuando se despachó a su favor la parlamentaria de su grupo. Al final no supe muy bien por qué se habían reunido, pues salí de la comparecencia como había entrado. Jablaron, es cierto, pero para no entenderse, de modo que ahora la confusión es mayor. A mucho nos atrevimos los que quisimos saber después de escucharlos hablar. jcruz@elpais.es

Anónimo dijo...

Los evidentes mecanismos de la corrupción
Lo que hay que destruir son los mecanismos que engrasaron la corrupción política. No a la clase política en su conjunto
SOLEDAD GALLEGO-DÍAZ 27 ENE 2013 - 00:00 CET

La visión clara de las cosas, decía Albert Camus, saber por qué se han producido, excluye la desesperanza y el odio. El premio Nobel, ensayista y periodista francés lo aplicaba a la guerra, pero hoy el artículo en el que expresó ese razonamiento debería ser de lectura obligatoria para ciudadanos, políticos y periodistas incluidos, de este país.

Sobre todo porque puede ayudar a que evitemos escenarios parecidos a los que se produjeron en Italia en los años noventa y que terminaron con la irrupción de un personaje como Silvio Berlusconi en la presidencia del Consejo de Ministros.

En España sabemos lo que ha pasado. No es cierto que estemos secuestrados por la corrupción, como algunos proclaman. Es cierto que llegó muy arriba y que afectó a mucha gente. Mejor dicho, es cierto que existe un grado intolerable de corrupción entre las élites que dirigen este país, no solo en el mundo de la política sino también el mundo financiero, o incluso, en los medios de comunicación. Eso es indiscutible.

Pero sabemos cuál fue el mecanismo que engrasó toda esta red, un mecanismo concreto y aislable, que parte de la complicidad entre la especulación inmobiliaria y las necesidades, primero, de los partidos para financiarse y, después, del ansia de enriquecimiento desmedido de muchas de esas minorías dirigentes. Fue ese mecanismo el que casi destruyó los controles democráticos. Son esos mecanismos los que hay que destruir, no a la clase política en su conjunto.

Es cierto que las élites de los partidos políticos, en cuyas filas hay infinidad de personas honradas, reaccionaron con la peor de las medidas posibles cuando aparecieron las primeras llagas: el recurso a la unidad y los llamamientos a la cohesión interna y la defensa de los líderes. Los medios de comunicación tampoco supimos mantener la tensión exigible en una sociedad sana en defensa del funcionamiento democrático de las instituciones, dispuestos, bien al contrario, a rivalizar en el simple escándalo para aumentar audiencias o lectores. Unos no supieron mantener la tensión y otros, peor aún, se pusieron al servicio de intereses oscuros.

Lo peor ahora sería olvidar los mecanismos que llevaron a la corrupción de buena parte de esas élites. O creer a quienes nos dicen que todo el mundo quedó enredado en esos engranajes. No es cierto. Aunque solo fuera porque no todos tenían acceso a esos mecanismos. Pero también porque no todos los partidos se aprovecharon de ellos, ni todos los políticos, ni todos los medios de comunicación.

Hay que identificar, antes que nada, los casos de corrupción vinculados a las minorías dirigentes de los partidos con responsabilidades de gobierno. De todos ellos, pero muy especialmente de quienes dirigen ahora el país, porque para eso son las responsables de las políticas que se llevan a cabo, porque para eso son ellos los responsables, en este momento, de acabar de una vez con esos mecanismos.

Anónimo dijo...

Tenemos que remover nuestra apatía, esa apatía organizada y desalentadora de la que hablaba Camus. Hace falta ser obstinados en el rechazo. Rechazo de los ministros que acuden al Parlamento y que creen que pueden insultar y atacar a quienes les critican; rechazo obstinado a quienes en la oposición no plantean las cuestiones reales que nos afectan. No aceptación, no admisión, resistencia ante quienes, desde la política o desde los medios de comunicación, quieran hacernos creer que hay cosas más importantes que lo que nos sucede a los ciudadanos, cosas más importantes que los seis millones de parados, que el control democrático de las instituciones. Y los primeros que tenemos que ser obstinados somos los periodistas que, como pedía Camus, no debemos incitar al odio o la desesperanza, y que, como las élites políticas, también hemos perdido el sentido de nuestro trabajo y debemos luchar por recuperar crédito. Los políticos deben extirpar los mecanismos de corrupción. Y los periodistas, los mecanismos del sensacionalismo, la creencia de que, en momentos como este, es lícito apelar a las emociones.

Anónimo dijo...

creo que todo está por hacer en este pais desde la mejora de las instituciones y de la politica en general y especificamente, pero sobre todo lo que está por hacer es la mejora de la calidad democratica, y eso se consigue con mayor cultura, y con mas conocimiento, y con un mayor impulso a los instintos sociales de la gente, desde hablar con la gente hasta como resolver los retos comunes que nos plantean las sociedades avanzadas de una manera civilizada, undia hablando conun señor me comentó en mi pueblo dicen que la gente que tiene prisa no es civilizada, quizas debemos parar templar y mandar como dicen en el toreo, para torear con un olé español la crisis que cada dia la recibimos a puerta gayola y sentimos los pitones en forma de decretos y corruptelas rozandonos nuestro templo y el de los nuestros, con un aire de peligrosidad creciente

Anónimo dijo...

Ya repetimos.

Anónimo dijo...

ya esta el que se aburre, llenando el blog de metralla

Anónimo dijo...

tu igual te aburres porque solo te molesta lo que otros con trabajo escribimos, el perezoso suele decirse de ellos :la holgazaneria no me deja tiempo libre para nada.

Anónimo dijo...

Coñazo

Anónimo dijo...

pesado

Anónimo dijo...

tanto lo uno como lo otro no lo soy ni lo pienso ser, igual es un reflejo tuyo o vuestro.creo que no hay que faltar al respeto a quien escribe, hhay que tolerar los que tienen otra forma de posicionarse contra la realidad.creo que falta educacion y respeto y sin eso no se sale de la crisis ni de ningun lado.

Anónimo dijo...

dice un filosofo español que o eres raton o eres leon, es decir, por las mañanas te preguntas ¿que me pasara hoy? si eres raton o ¿ que haré hoy? si eres leon.deberiamos ser todos ratones para poner fin a los leones

Anónimo dijo...

hoy en día todos los sitios estan politizados, politizamos a un sin saber nuestras vidas, en formas , maneras, gestos, poses, pero sin embargo cometemos dos errores, despreciar a los politicos y lo que es peor totalizar con la politica nuestros trabajos, ya que hay temas y maneras mas adecuadas de intervenir e interactuar en nuestros trabajos que no con los cliches politicos-por cierto sin idea la mayor parte de la s veces- y la esencia de nuestros trabajos la dejamos perder en pos de la lucha por el poder de una forma absurda, como si nuestros egos o jarrones rotos valieran mas que la esencia del jarron chino entero y esenciero. pensemos lo que hacemos porque sino otros pensaran por nosotros y habrá momentos que no nos guste, como trabajamos.

Anónimo dijo...

recomiendo leer el ultimo libro de vicente verdú, manuel vicent, manuel rivas, y de ramiro calle capilla,libros magnificos que nos humanizan en tiempos de inhumana existencia

Anónimo dijo...

Elogio y desprecio de la clase política
Sin representantes públicos nos ahorraríamos sueldos y algunos espectáculos bochornosos, pero perderían la representación de sus intereses y aspiraciones de igualdad los que no tienen otro medio de hacerse valer
DANIEL INNERARITY 29 ENE 2013 - 00:00 CET
Archivado en: Opinión Políticos Democracia Corrupción política Corrupción Malestar social Delitos Problemas sociales Política Sociedad Justicia

EULOGIA MERLE
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Nos recuerdan las encuestas que este es nuestro principal problema. La misma expresión “clase política” incluye un desafecto, alude a una distancia, a una falta de coincidencia entre sus intereses y los nuestros. No es nueva esta crítica; lo novedoso tal vez sea que, gracias al poder multiplicador de los medios y las redes, la crítica ha adquirido las dimensiones de un auténtico linchamiento. Además de las causas objetivas que justifican este malestar (que van desde la incompetencia hasta la corrupción), se ha producido una constelación desfavorable hacia la política por muy diversos motivos, a veces incluso contradictorios, como es frecuente en las coincidencias reunidas en torno a la indignación: unos están seducidos por el éxtasis de la democracia directa; otros tienen aspiraciones más modestas en torno a la reforma electoral; los hay que hacen un cálculo de rentabilidad y se preocupan porque tal vez los políticos sean demasiados y ganen en exceso; otros se frotan las manos porque una sociedad con un sistema político débil les beneficia…

Cabe destacar entre las expresiones de nuestro malestar la performance de rodear el Congreso, un gesto que tiene menos sentido que la vieja ley británica que prohibía a los representantes morir en el edificio del Parlamento. ¿No habría que rodear más bien al resto del mundo —especialmente a los poderes económicos o mediáticos— para que el Parlamento ejerciera las funciones que esperamos de él en una sociedad democrática?

Que los políticos y las políticas dejen mucho que desear es una evidencia en la que no merece la pena perder demasiado tiempo. Tampoco es algo que debería sorprender a quien conozca cómo funcionan otras profesiones, ninguna de las cuales se libra de un serio repaso, con mayor o menor dureza. Ocurre, sin embargo, que esos otros oficios también manifiestamente mejorables tienen la suerte de estar menos expuestos al escrutinio público. La pregunta que yo me hago es cómo pueden encontrarse todavía candidatos para una actividad tan vilipendiada, dura, competitiva, discontinua, escrutada y poco comprendida. Estoy convencido de que, en general, los políticos son mejores que la fama que tienen. Pero el problema, adelantando un poco mi posición, no es exactamente este. Si así fuera, sería más fácil de resolver con una simple sustitución. A lo que estamos aludiendo cuando tomamos nota de la desafección política es a la crítica hacia cualquiera que esté desempeñando esa tarea (“todos son iguales”, etcétera) y aquí el problema adquiere una naturaleza más grave.

Una actitud crítica hacia la política es señal de madurez democrática, no signo de su agotamiento
De entrada, conviene advertir que la actitud crítica hacia la política es una señal de madurez democrática y no la antesala de su agotamiento. Que todo el mundo se crea competente para juzgar a sus representantes, incluso cuando estos tienen que tomar decisiones de enorme complejidad, es algo que debería tranquilizarnos, aunque solo sea porque lo contrario sería más preocupante. Una sociedad no es democráticamente madura hasta que no deja de reverenciar a sus representantes y administra celosamente su confianza en ellos.

Anónimo dijo...

Una buena parte de la desafección política tiene su origen en un error de percepción. En cualquier democracia asentada hay multitud de representantes políticos que realizan honradamente su trabajo, pero solo es noticia la corrupción de algunos. La sensación que nos queda es que la política es sinónimo de corrupción y no advertimos que el escándalo es noticia cuando lo normal es que las cosas se hagan moderadamente bien. Ocurre lo mismo que con los errores médicos: nunca se habla en los medios de comunicación de las operaciones bien hechas, sino las fallidas y de ahí a sacar la impresión de que los médicos lo hacen mal no hay más que un paso. Gracias a los medios de comunicación el poder se ha hecho más vulnerable a la crítica, pero su lenguaje crispado y el mensaje de fondo que así transmiten ha extendido una mentalidad antipolítica. Una cosa es desvelar la mentira, ridiculizar la arrogancia y dar cauce a las voces diferentes; pero esa insistencia en lo negativo tiende a ocultar otras dimensiones de la política tan importantes como, por ejemplo, el valor de los acuerdos o la normalidad poco espectacular de los comportamientos honrados.

Supuesto lo anterior, y sin dejar de reconocer que la mayor parte de las críticas están justificadas, propongo invertir el punto de vista y preguntarnos si tras algunas de sus versiones menos matizadas no hay una falta de sinceridad de la sociedad respecto de sí misma. En una democracia representativa están ellos porque no estamos nosotros o para que no estemos nosotros. Seguramente es cierto que a la política no van los mejores, pero eso debería preocuparnos más a nosotros que a ellos.

Es contradictorio esperar que el representante sea como nosotros, pero pedirle cualidades de élite
La crítica ritual hacia los políticos nos permite escapar de ciertas críticas que, si no fuera por ellos, deberíamos dirigirnos a nosotros mismos. ¿Tiene sentido mantener al mismo tiempo ciertas críticas hacia nuestros representantes políticos y exhibir la inocencia de los representados? Hay una contradicción en pretender que nuestros representantes sean como nosotros y al mismo tiempo esperar de ellos cualidades de élite. Es imposible que unas élites tan incompetentes hayan surgido de una sociedad que, por lo visto, sabe perfectamente lo que debería hacerse. Aquí se pone de manifiesto que el populismo es un “igualitarismo invertido”, es decir, un modo de pensar que no se basa en la creencia de que el pueblo es igual que sus gobernantes, sino de que es mejor que sus gobernantes. Si los políticos lo hacen tan mal, no puede ser que los demás lo hayamos hecho todo bien.

Hay una paradoja tras la crítica de la política que podríamos llamar “la paradoja del último vagón”. Me refiero a aquel chiste acerca de unas autoridades ferroviarias que, tras descubrir que la mayor parte de los accidentes afectaban especialmente al último vagón, decidieron suprimirlo en todos los trenes. De acuerdo, supongamos que la política no funciona. ¿Cómo se suprime a toda la clase política? ¿Quién la podría sustituir? ¿Quién mandaría en un espacio social sin formatear políticamente? ¿A quién beneficiaría un mundo así? La política es una actividad que se puede mejorar pero, sobre todo, algo inevitable. Los populismos ignoran u ocultan esta inevitabilidad; extienden la desconfianza hacia los políticos como si fuera posible que de su actividad se hicieran cargo quienes no lo son o actuando como si no lo fueran. Hay quien en el fondo tiene una aspiración de suprimir la mediación que la representación política supone: consultas sin deliberación, marcos constitucionales irrevisables, imposición sin reconocimiento, mandatos imperativos… Una cosa es introducir procedimientos para contrastar la voluntad popular o para impedir que los representantes se eternicen —participación, rotación en los cargos, prohibir la reelección— y otra pretender una superación de la democracia representativa.

Anónimo dijo...

En el desprecio a la clase política se cuelan no pocos lugares comunes y algunas descalificaciones que revelan una gran ignorancia acerca de la naturaleza de la política y promueven el desprecio hacia la política como tal. A estos críticos deberíamos recordarles el principio de que siempre que se impugna algo estamos en nuestro derecho de exigir que se nos diga qué o quién ocupará su lugar. Para ser razonable la crítica debe medir a quién favorece en ocasiones su desproporción. Estamos hablando de incompetencia y de este modo favorecemos que los técnicos se apoderen del Gobierno; criticamos su sueldo y justificamos así que se entregue la política a los ricos; la descalificamos globalmente y asienten con entusiasmo quienes no le deben nada a la política porque ya tienen un poder de otro tipo.

¿Hay algo peor que la mala política? Si, su ausencia, la mentalidad antipolítica, con la que se desvanecerían los deseos de quienes no tienen otra esperanza que la política porque no son poderosos en otros ámbitos. En un mundo sin política nos ahorraríamos algunos sueldos y algunos espectáculos bochornosos, pero perderían la representación de sus intereses y sus aspiraciones de igualdad quienes no tienen otro medio de hacerse valer. ¿Que a pesar de la política no les va demasiado bien? Pensemos cuál sería su destino si ni siquiera pudieran contar con una articulación política de sus derechos.

Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política y Social, investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco y profesor visitante en el Robert Schuman Centre for Advanced Studies del Instituto Europeo de Florencia.

Anónimo dijo...

Copiar y pegar, vaya creatividad!

Anónimo dijo...

para ser autonomos hay que empezar siendo heteronomos

Anónimo dijo...

por que no escribes en otro blog, con esa verborrea ta filosofica que tienes bien podrias escribir, no se, en el blog del gato al agua, o algo asi de tu nivel.

pero por favor, deja este, abandonalo, deja de copiar y pegar articulos.

vete, abandonanos.

Anónimo dijo...

este no es un blog de la gente del pueblo? si es asi porque intentais exlcuir a la gente?se ve lo hospitalarios que sois, cuando lo que aporto son cosas de interes.este debate ya se ha hecho antes, y volvi a escribir porque hubo gente que quiso que estuviera dentro del blog.esta vez no cedo a vuestras presiones, sino que me voy porque no se valora nada en este blog que no sea lo de siempre y ciertas cosas simples, que no descalifico porque no soy quien y porque vengo de ellas también.Asi que os dejo solos a ver si estais contentos,solo digo una ultima cosa el mundo gira en redondo lo que hoy cae mañana esta en la cima.Adios.

Anónimo dijo...

Gracias, gracias, gracias....te deseo toda la suerte del mundo, que esa cima te resulte facil de alcanzar.

Anónimo dijo...

gracias por por no escribir más, te lo agradezco.

Anónimo dijo...

Como no sabes q poner del pueblo basicamente x tu desconocim del mismo,t limitas a copiar y pegar noticias de periodicos.

Anónimo dijo...

gracias por irte, gracias, esperemos que dure, dios que descanso, a ver si dura..

Anónimo dijo...

pues es un alivio, ya estabamos hartos de tantas noticias politicas, a ver si es verdad y dejas que se cuenten noticias de barrientos.

Anónimo dijo...

Dentro de la época de la evolución de la historia y de la humanidad, ahora nos toca vivir la "Etapa de la Congelación":
- Congelación de la matanza del cerdo y de los chorizos.
- Congelación de pensiones.
- Congelación de los sueldos y salarios.
- Congelación de la Sanidad.
- Congelación de carreras universitarias y recortes universitarios.
- Congelación de frío en los edificios públicos por falta de calefacción, y,y,y,yyyyyyyyyyyyyyy
- Descongelación de los impuestos.